Sinopsis:
Redefinir, con los propios pasos, un paisaje: ése es el afán de la voz que nos habla en De camino de Babadag, en su viaje por una Europa olvidada, de Polonia a Hungría, de Rumanía a Eslovenia, de un pueblo a otro, atravesando fronteras que han cambiado de lugar, que han surgido sin más o se han esfumado entre violentos estertores. Una Europa condenada al olvido, la marginación y, al cabo, su inexistencia. En este libro, Andrzej Stasiuk renueva una antigua tradición, la del viaje como metáfora que construye—en su caso desde un lirismo no exento de ironía—el espacio de nuestra identidad.
Crítica:
Andrzej Stasiuk (Varsovia, 1960) es novelista, poeta y crítico literario. Su dominio del idioma, su enorme talento lírico y la capacidad de dotar a la vida de una dimensión metafísica le han convertido en uno de los referentes inexcusables de la nueva narrativa centroeuropea. Entre sus obras destacan, además de El mundo detrás de Dukla (Acantilado, 2003), las novelas Nueve (1999) (Acantilado, 2004) y El cuervo blanco (1996).
Camino a Babadag es una mezcla de ensayo, reportaje y libro de viajes. Stasiuk se mueve casi siempre al sur y al oriente. Su mirada nunca se dirige al occidente, al polo de la prosperidad y de la “alta cultura”, cuyo valor critica. El escritor odia las capitales, asqueado por la “mala imitación del Occidente”, de los habitantes de Budapest, Varsovia o Bratislava.
La verdad es que su visión es bastante discutible, pues casi crea una utopía de la periferia, de una vida desinteresada, sin demasiadas esperanzas, pero también sin excesivo temor. O quizás por su búsqueda de la periferia, su atracción por las provincias, su amor perverso a la decadencia y la descomposición, a todo lo que se extingue, se pierde y se deteriora, tiende a exagerar el juicio sobre los pueblos que va describiendo. Stasiuk llama a esta otra parte de Europa “países inevidentes”.
“Es que me gusta este desorden balcánico, este quilombo húngaro, eslovaco o polaco, esta maravillosa gravitación de la materia, esta hermosa somnolencia, esta despreocupación respecto a los hechos, la borrachera consecuente desde el mediodía y las miradas nubladas que sin esfuerzo atraviesan la realidad, para abrirse sin temor a la nada. No lo puedo remediar: el corazón de mi Europa late en Sokołow Podlaski y en Huºi. No late en Viena. Quien piensa de otra forma, es simplemente un bobo. Tampoco late en Budapest. Mucho menos en Cracovia. Estos son unos intentos abortados de transplante, de lifting y de reflejo de algo que está en otra parte. Sokołow y Huºi no imitan nada. Se cumplen en su propio destino”, acota con radicalidad el autor.
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